
No nos gusta mucho este tiempo litúrgico. Porque nos invita a meternos dentro de nosotros mismos. La verdad, nos ahogamos cuando buceamos en nuestras profundidades. Allí, inesperadamente, nos podemos encontrar con cualquier "pez gordo". ¿Nos sorprendemos? Si, porque esperábamos "ser" otra cosa. Caemos en la cuenta que no somos lo que deberíamos ser. Tampoco somos lo que quisiéramos ser. Y acabamos extrañándonos de ser lo que realmente somos, ¡Enhorabuena! Empezamos a conocernos. Descubriremos que hay en nosotros limitaciones, deficiencias, pobreza y pecado. También nos deslumbraremos con pequeños o grandes rayos de luz: deseos maravillosos, bondades, servicios, ternuras y atenciones... Pero lo más importante descubriremos en nuestras oscuridades y nuestras luces los rasgos del rostro de un Dios que nos ama con locura, con esa locura inexplicable de Jesús clavado en la cruz, que sin pronunciar una palabra (¡no puede hacerlo porque ya está muerto!) lo dice todo y lo dice a gritos: "Nadie ama más que el que da la vida por sus amigos. Y ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando..." (Jn 15,13-14). Cuaresma: un tiempo para agradecer tanto amor y tanta ternura del Dios de Jesús que nunca nos abandona; un tiempo para agradecer el sentirnos amigos del Señor: un tiempo para agradecer la oportunidad que se nos ofrece para amar al estilo de Dios; un tiempo para agradecer la posibilidad de ensayar y entrenar el ser mejores hijos del Padre y mejores hermanos de sus hijos. Intentar vivir así y ser así, es CONVERSIÓN profunda, vivida dia a día. Llamada a la conversión, ¡eso es la Cuaresma!, "volver" el rostro a Dios y a los hermanos. Que esta Cuaresma sean días de verdadera conversión para todos y cada uno de nosotros y así caminando juntos lleguemos renovados, resucitados a la Pascua del Señor.
P. Silvio José Báez O.C.D.